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Experiencia, Reflexiones, Conclusiones · May 18, 10:00 PM por Sami

Hospital Kaiser Permanente
Cuarto 2005
Manteca, California
5 de mayo 2007

Acampo, California
10 de mayo 2007

Otra vez viernes a medianoche, amanecer sábado.
Todo estaba bien y de pronto Juan comenzó a sentirse mal.
Ya había vivido ese momento, solo que en otra ubicación.
Igual que la vez pasada, supe exactamente qué hacer: estar tranquila, alistarme rápido, tener todos los documentos, números de teléfono, dinero, llaves.
Luego la ambulancia, las preguntas, los chequeos, y al hospital.

Más preguntas, más exámenes, más doctores.

No hay nada más frío que los pasillos de un hospital en la madrugada;
Nada más cálido que el abrazo de una persona desconocida en esos pasillos;
Y nada que nos haga sacar toda la fortaleza, que ver a la persona amada conectada a aparatos, recibiendo oxígeno, suero, inyecciones.
Nada más difícil que regresar a la casa sola, pidiendo que no suene el teléfono.

Después de una larga espera, todos los resultados salieron sin problema; aún así, por precaución, lo mandaron a otro hospital para más controles. Cuando el sol apenas comenzaba a entibiar los campos, iba yo cabeceando a la par del chofer en una flamante ambulancia.
Mina, la enfermera a cargo, nos recibió con amabilidad. El compañero de cuarto, totalmente desubicado, padece de Alzheimer; entonces, de él, no podíamos esperar ninguna consideración.
Tres largos días, al final, buenas noticias. ¡Qué alegría!, gracias a Dios, a las medicinas, a los doctores, a las enfermeras y a la fe absoluta, el férreo optimismo de creer que Juan estaba bien.
A brincos y saltos pude conversar con Mina, la admirable enfermera mexicana, dedicada con amor a su trabajo. Me dijo: “hablo español por mi mamá, en mi casa siempre se habla español”, ¡qué bueno!, a pesar de tener que emigrar, tienen la sabiduría de conservar sus raíces, sus tradiciones, aunque eso molesta a los xenófobos. Luego conocí a María, otra mexicana, encargada de limpieza. Me contó que cuando era más joven, vivía cerca del río Colorado: “los gringos nos quitaron el río, primero inundaron todo; luego hicieron una represa; ahora nosotros no tenemos agua; ya no hay río, lo secaron. Quiero volver, en mi pueblo no hay tarjetas de crédito, ni estrés, pero aquí hay mejores oportunidades para mi hija, para su educación”. También me habló de las mujeres asesinadas cerca de la frontera. Mientras hablaba, iba limpiando el cuarto, limpiando también sus penas al tener con quien compartirlas, quien la escuchara. Su ojos estaban húmedos, y su cara se ensombrecía, pero al comparar las diferentes culturas, no faltaban los motivos para sonreír. ¡Qué nostalgia!
También conocí a Sally, la típica y eficiente supervisora de una organización norteamericana; ella me fue a conseguir desayuno.
Esas mujeres me ayudaron tanto: una doctora machita, muy joven, nunca supe su nombre, cuando me vio temblando de frío, a las cuatro de la mañana, en un gesto espontáneo de afecto y comprensión, me llevó una cobija calientita, me arropó como una buena madre. Mina, cuando terminó su último turno, se despidió cariñosamente, con dulces y bondadosas palabras, me dejó un sentimiento de paz. María me acompañó con furtivas miradas de apoyo, y en voz baja, porque estaba trabajando, me daba mensajes de aliento, mientras a Juan le hacían la prueba de esfuerzo. En esos momentos yo estaba preocupada. Nos dijimos mutuamente: “qué Dios la acompañe, que Dios la bendiga”. Las mujeres podemos ayudarnos tanto si lo queremos; también podemos hacernos bastante daño. Y por coincidencia el libro que llevé para leer se llama Cuentos de Mujeres Solas.
A la Dra. Machita, a la Asistente de la ambulancia con una cruz en el pecho, a Mina, a María, a Sally, mi gratitud eterna; en ustedes, mujeres desconocidas, encontré el consuelo, el tributo a la solidaridad, el abrazo necesario y deseado.
Y en las hijas, las amigas, la dicha de confirmar que siempre están ahí, cuando las necesite, no importa en cuál lugar del mundo.
Hay personas que se quedan conmigo todo el tiempo: pacientes, profesionales, empleados, asistentes; sigo preguntándome: , ¿cómo estarán?, sigo recordándoles, deseándoles lo mejor.

Para mí fue una valiosa experiencia pasar por estas circunstancias en un lugar tan diferente, sin la familia; aproveché para hacer comparaciones entre nuestro sistema de salud y el de este país con tanta disponibilidad de recursos. Puedo decirles, lo repito otra vez, que debemos estar orgullosos. Sí, claro tenemos mucho que mejorar, y sí claro, hay algunas cosas distintas: la ambulancia llegó acompañada por una unidad de rescate de los bomberos, y otro carro auxiliar, en total: seis personas, tres vehículos.
Otros detalles: las cobijas las calientan artificialmente, de verdad calientan; entregan a cada paciente un pequeño paquete con cepillo de dientes, pasta, jabón especial para baños en seco; medias anti-dezlizantes; toallitas antisépticas para limpiarse las manos. Detalles, lujitos, pequeños detalles. El día después de haber salido, hubo una llamada de cortesía del hospital para preguntar a Juan cómo se sentía.
Las instalaciones son más modernas, sólo ponen dos personas en cada cuarto, y cuentan con más personal.
Aparte de eso, lo realmente importante, como es la atención profesional, los exámenes, los controles, las medicinas, todo es igual, exactamente igual que en nuestros hospitales de la Caja. Y lo digo de verdad, porque he vivido la misma situación en los dos lugares.
Cada día me convenzo más que no podemos permitir que nos roben nuestro patrimonio.

Tuve horas para los recuerdos, para soñar, para reflexionar:

Una noche soñé que al llevarme la comida a la boca, algo se movía, era un pecesito vivo, ¡qué horrible!

Otra noche soñé que alguien puso cartones en todas las ventanas de nuestra pequeña casa, entonces no podía ver para afuera, no entraba la luz, me sofoqué, no podía respirar; no soporto la represión.

Alguien me pidió que fuera perro de traba, para sostener una relación que no estaba funcionando; lo pensé, luego dije: “No, yo quiero ser como la brisa que apenas roza la piel, o como el viento huracanado que mueve, sacude y bota, pero no un perro que muerde. A mí una vez me mordió un perro, duele mucho, nunca se olvida; si el viento huracanado nos hace reaccionar, tomar decisiones, el ataque de un perro nos paraliza. No quiero paralizar a nadie, quiero que la gente avance.

Ayer vi una garza a la orilla del río, al verse amenazada, salió volando; blanca, estilizada, hermosa; libre. Le pedí que me llevara en su vuelo, no me escuchó.

La vida me dio otro socollón; yo tuve otro aprendizaje.

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