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Pequeña crónica de otro viaje · May 12, 09:15 PM por Sami

Viernes 20 abril 2007

Me encanta volar al atardecer, es como escaparse con el sol y al día siguiente, como el sol, amanecer en otro lugar del mundo.
Así me escapé, con los últimos rayos. Sentí nostalgia de dejar los robles sabanas en flor, son maravillosos, parte de nuestros veranos, de nuestras vidas; y cierta malvada alegría de alejarme de la rata blanca. Esa tarde había un caos total en San José, en Costa Rica, y en la casa de Carmiol. Nos quedábamos sin electricidad cada cinco minutos. Hice todas las cosas que me da por hacer antes de viajar, le di el último cariñito a las plantas y cuando estaba a medio vestir, me llamó el taxista para decirme que teníamos que salir más temprano porque los semáforos no estaban funcionando y las presas eran interminables. Supuse que el avión me dejaría (como los buses que nos dejan constantemente). Nunca en mi vida he corrido tanto, es que estaba tan atrasada, el día anterior tuvimos un apagón que trastornó todos los planes. Además, con un calor de 32 grados cualquiera se agota. Busqué los aretes; para viajar me pongo los que Nati o Ivi me han dado, son el amuleto de la buena suerte. Dios nos ayuda, el taxista hizo muchos virajes, tomó varios recovecos y a pesar de tanto enredo, llegué a tiempo. Iba agotada pero contenta, y satisfecha porque ya tengo todos los documentos personales, libros, discos y demás cosillas organizados, ¡trabajé tanto!, sólo me faltó poner en orden unas fotos, eso lo haré al regresar. Esos acomodos también desacomodan todo por dentro y por eso nos cansamos tanto.
Y lo volví a hacer otra vez, burlé los controles, llevaba en el equipaje de mano botellitas con diferentes líquidos medicinales, nadie dijo ni J.
Cada vez que entro al túnel rumbo a la nave, siento una maravillosa sensación de gozo, ir a encontrarme con la gente amada. Dicen que se dice, que cuando las personas mueren , se van también por un túnel y ven una luz blanca, y que van felices porque al final, los esperan los seres queridos que se fueron antes. Creo que eso le sucede a los que se van en sosiego, sin turbulencias en sus corazones, a los que están reconciliados con el mundo, con ausencias de guerras, sin desconciertos, sin pasiones. Bueno, ya estoy entrando en asuntos serios. Ojalá logremos alcanzar el estado de ánimo apacible para caminar , dondequiera que vayamos, con tranquilidad.
En El Salvador parecía a Mr. Bean, pegando en todo lado, casi pierdo la conexión porque llegamos muy ajustados, todos los empleados del aeropuerto y de las líneas aéreas me presionaban, pedí un minuto para ir al baño, me dijeron que no, pero igual lo hice.
Ya en el otro avión, rumbo a California, apenas pude, ordené un güisqui. He concluido que los aviones son los mejores lugares para relajarse, ya en pleno vuelo no podemos hacer casi ninguna tarea de las que tanto nos agobian cuando estamos en tierra firme; únicamente podemos dedicarnos a cosas más placenteras como escribir, dormitar, oir música, leer, ver tele, tomar bebidas espiritosas, o apreciar los paisajes. Me gusta ver las lucecitas de los pueblos perdidos en la lejanía, lucecitas en fila, caminitos de luces, se parecen a nuestros portales de Navidad, pienso: “¿qué estará pasando en esos momentos?, ¿qué se estará gestando, nuevas vidas, tragedias, regocijo, gratitud, dolores?. Me inquieto, me enternezco, al pensar en otras gentes, por eso me gustan las diferencias; por eso me molestan los prejuicios, por eso entro a cualquier templo, con respeto, disfruto los diversos acentos, me gustan las personas con distintos tonos en la la piel. Total que aún siendo diferentes, todos y todas tenemos algo de primitivo, algo de angelical, tenemos congojas, felicidades, ilusiones, pesares.
Otro güisqui. La señora de la par, contagiada por mi decisión y tímidamente, ordenó lo mismo. Sí, ya sé, por eso me dicen La Mala Influencia. Yo sólo trato de pasarla bien.
Hubo turbulencia, estaba tan cansada que no tuve energía para poner a correr la adrenalina. Fue mejor así. Sentí algunas molestias provocadas por el barotrauma.
Al final lo logré, llegué a mi destino. Luego Juancito, San Francisco, Berkeley y Acampo. La pequeña casa con cortinitas todas coquetas para recibirme, colchón y sábanas nuevas, muchas plantas y flores. Así como en Costa Rica tengo las violetas, aquí tengo cactus, ellos también soportan mi ausencia, porque saben que siempre regreso. Y la paz, esta paz bendita de este lugar sagrado, sagrado por todo lo que guarda su Naturaleza, porque aquí fluye la buena energía, hay amor.
Un pavo real, grandioso, magnífico, despliegue de hermosura y colores, llegó en la mañana a saludarme.
Después me fui al río, mi río, el río de Acampo, fuente de inspiración.
Su agua es tan cristalina, tan transparente, así quisiera que fueran todas mis acciones.

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